Día 3, Despojados

Escrito por Pedro Valenzuela, Profesor de Música, Asesor del GBUCH en Santiago.

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Una de las cosas que siempre me llaman la atención del mensaje profético, tanto de Isaías como de los otros profetas del Antiguo Testamento, es el alcance social de sus profecías. Vemos como todo un pueblo se involucra en el pecado, y cómo el juicio del Señor, por boca del profeta Isaías, alcanza a todo este pueblo, que es el pueblo de Dios.

Jerusalén se tambalea, Judá se derrumba, porque su hablar y su actuar son contrarios al SEÑOR: ¡desafían su gloriosa presencia! Su propio descaro los acusa y, como Sodoma, se jactan de su pecado; ¡ni siquiera lo disimulan! ¡Ay de ellos, porque causan su propia desgracia!  Isaías 3:8-9

En el capítulo anterior revisamos cómo el orgullo era quien regía los corazones del pueblo, quienes habían volcado su mirada a sus obras, sus riquezas, su poder y a otros dioses. Este orgullo llevó a las autoridades, tanto políticas como religiosas, a actuar con injusticia, oprimiendo a los débiles (el pobre, la viuda y el huérfano) “…« ¡Ustedes han devorado la viña, y el despojo del pobre está en sus casas! ¿Con qué derecho aplastan a mi pueblo y pasan por encima de los pobres?», afirma el Señor, el SEÑOR Todopoderoso (v.14-15).

Sin embargo, podemos ver cómo obra la justicia del Señor a través del mensaje de Isaías: decide despojar a su pueblo de todo en lo que habían puesto su confianza. Su sustento, su poderío militar, sus dioses, sus gobernantes, sus artistas, su riqueza… todo les es arrebatado (v.1-3). De los versículos 16 al 24 vemos también cómo las hijas de Sión son despojadas de todos sus atavíos con los que vanidosamente ostentaban sus riquezas, y a cambio el Señor les da pestilencia y enfermedades a la piel.

Vemos cómo este pueblo queda a la deriva. Nadie sabe qué hacer.

Les pondré como jefes a muchachos, y los gobernarán niños caprichosos. Unos a otros se maltratarán: hombre contra hombre, vecino contra vecino, joven contra anciano, plebeyo contra noble. Entonces un hombre agarrará a su hermano en la casa de su padre, y le dirá: «Sé nuestro líder, pues tienes un manto; ¡hazte cargo de este montón de ruinas!» Pero entonces el otro protestará: «Yo no soy médico, y en mi casa no hay pan ni manto; ¡no me hagas líder del pueblo!» (v.4-7)

Reina una especie de anarquía. Y como el pueblo se acostumbró a confiar en las posesiones, y como en la antigüedad era la regla que quien tenía más recursos era quien gobernaba, buscan a alguien que tenga alguna cosa (un manto) para que gobierne. Ese es el nivel de miseria descrito por el profeta.

Uno de los juicios contemplados dentro de la profecía es casi proverbial:
Díganle al justo que le irá bien, pues gozará del fruto de sus acciones. ¡Ay del malvado, pues le irá mal! ¡Según la obra de sus manos se le pagará!” (v. 10-11).
De alguna u otra manera, el pueblo de Dios sabía qué era lo que tenía que hacer, tenían la Ley de Dios y profetas que constantemente los exhortaban a hacer lo que debían hacer: adorar solamente a Dios y obrar con justicia con su prójimo. Sin embargo, el corazón del pueblo se alejó de Dios y se endureció por causa del orgullo. Finalmente, la intervención de Dios resulta fatídica para el pueblo.

¿De qué manera nos puede interpelar este pasaje? Nuestro mundo actual está llena de superestructuras que parecen ser inquebrantables: imperios económicos, fuerzas militares especializadas, gobernantes coludidos, cultura del consumo y las deudas, medios de comunicación modeladores de la sociedad, etc. Sin embargo, este pasaje nos muestra que todas esas estructuras son tan frágiles ante los ojos de nuestro Dios. No podemos depositar nuestra confianza en ellas, ya que son pasajeras.

Creo que como actual pueblo de Dios (es decir, los creyentes y seguidores de Jesucristo, el Hijo de Dios), debemos estar atentos ante cualquier influencia cultural que se nos presente. Meditar constantemente en nuestro actuar, estar prestos a obedecer sus mandatos, y estar siempre dispuestos a ser despojados de todo aquello que nos impida adorar únicamente a Dios y que nos impida de obrar con justicia y amor hacia nuestros semejantes. Quizá quedemos desnudos frente a nuestra sociedad, al ser despojados de todos esos ropajes de vanidad, sin embargo, sólo de esa manera podemos darnos cuenta plenamente de quien dependen nuestras vidas y nuestro sustento.

Al ser un llamado de atención al pueblo de Dios, sintamos que esta profecía no sólo nos habla a nivel personal, sino que a toda la Iglesia, representada en las comunidades de fe en las que participamos: nuestra iglesia local, nuestros núcleos, el GBU.

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.
Hebreos 12:1-2

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celeste

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