Día 47, No hay nadie que te salve

Escrita por Daniela Soto, Bioquímico, Integrante del Comité Administrativo del GBUCH.

Leer el Capítulo de hoy

A veces pensamos que algunas cosas nunca cambiarán. Sin embargo, el capítulo 47 de Isaías nos muestra que aún hay esperanza. Jehová reina.

Estamos situados en medio del exilio, Judá fue completamente devastada y su gente sufre a manos de un imperio violento y cruel (v6. “Los entregué en tu mano, y no les tuviste compasión. Pusiste sobre los ancianos un yugo muy pesado”). Babilonia parecía un imperio invencible, imaginar una realidad diferente era cosa de locos, pero la voz de Yahve se deja oír a través del profeta y trae un mensaje de libertad. La virginal Babilonia, la ciudad nunca invadida, no se librará del juicio de Dios.

¡Qué oportuna es la palabra de Dios en momentos de crisis, cuando lo único que vemos a nuestro alrededor es violencia e injusticia!

Sin lugar a dudas, para aquellos que sufrieron en el exilio, la caída de Babilonia significaba volver a vivir, una luz de esperanza al final del camino, pero también un gran desafío: el de confiar y esperar.

Al leer este texto, es fácil identificarse con los que sufren, porque cada uno de nosotros, de alguna u otra manera, ha atravesado por momentos de dolor e impotencia frente a las injusticias de nuestra sociedad. A pesar de eso, creo que como profesionales (o futuros profesionales) en realidad estamos más cerca del opresor que del oprimido. Al decir esto, recuerdo la conversación que tuve con un amigo hace muchos años atrás. Recién había ingresado a la universidad y como buena estudiante, el dinero no era lo que más abundaba. Por esta razón, en tono casi de broma dije que era pobre. En ese momento mi amigo me corrigió (casi como reto) y me dijo que yo no podía decir eso, que en realidad yo no era pobre y que nunca lo sería.

Hoy vuelvo a recordar sus palabras a la luz de Isaías y creo olvidamos la bendición y privilegio que tenemos al poder estudiar. Si bien vivir en el sistema actual sigue siendo difícil, las oportunidades y posibilidades de desarrollo que tenemos como profesionales, nos alejan tremendamente de aquellos que ni siquiera pueden soñar con una vida diferente.

Creo que el verdadero peligro que debemos enfrentar, es que nuestra formación, nuestra inteligencia, nuestro poder económico e incluso nuestra teología puedan convertirse en nuestra perdición, en meros “encantamientos y hechicerías” que nos hagan pensar que somos autosuficientes, que tenemos todo bajo control y digamos “Yo soy, y no hay otra fuera de mí. Nunca enviudaré ni me quedaré sin hijos” (v8).

Recordemos la palabra de Dios que nos dice:

“No se te ocurra pensar: “Esta riqueza es fruto de mi poder y de la fuerza de mis manos.” Recuerda al Señor tu Dios, porque es él quien te da el poder para producir esa riqueza; así ha confirmado hoy el pacto que bajo juramento hizo con tus antepasados.

Si llegas a olvidar al Señor tu Dios, y sigues a otros dioses para adorarlos e inclinarte ante ellos, testifico hoy en contra tuya que ciertamente serás destruido”. (Deuteronomio 8:17-19).

Finalmente, oremos a Dios para que nos permita ser agentes de transformación, para que aleje de nosotros la arrogancia, para que nuestra “sabiduría y entendimiento” no nos engañen y para que tengamos la humildad y capacidad de recordar que sólo en Yahve hay salvación.

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